Hay miles de maneras de dormir las siete u ocho horas de sueño que mi cuerpo requiere para que me sienta bien. Puedo incluso entrar en una larga discusión sobre cuál es la mejor distribución de esas horas, y cómo esa distribución tiene razones evolutivas. Puedo hablar, por ejemplo, de cómo al parecer todo ser humano termina teniendo un sueño bifásico (dividido en dos tandas) cuando se le obliga a permanecer quieto durante las horas de oscuridad. Es fácil también argumentar sobre los innumerables beneficios que eso trae, y las formas en la que una buena noche de sueño excede en la mayoría de los casos los beneficios de una larga noche de trabajo.
Pero lo cierto es que es una batalla difícil. La solución parecería sencilla: ir a la cama temprano. ¿Por qué es que, aún teniendo sueño, prefiero escribir estas líneas inútiles aquí en vez de sumergirme por fin en ese mundo onírico?
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