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Durante el fin de semana, estuve en Boston, visitando familia y conociendo la ciudad; tomándome un descanso de dos días, también.
A veces, durante las altas horas de la noche, un buen merengue puede convencerme de que tengo que dejarlo todo y volver para La Isla. Algunas noches fue uno de Juan Luis, otras fue alguno de Ruby Pérez o Joseph Fonseca y en noches como la del Sábado, en Boston, fue un merengue que el Sol del día siguiente, entrando por la ventana para despertarme, no me dejó recordar.

En República Dominicana tenemos colmados.
Según la Real Academia Española, en su tercera acepción la palabra colmado quiere decir “tienda de comestibles”.
Según cualquier buen dominicano, esa definición está incompleta o incluso errada.
Para nosotros, el colmado es:
1. Un punto de reunión en torno a cervezas, mesa de dominó y comida ligera (picadera).
2. Una tienda de bebidas y comestibles, con servicio a domicilio.
En Latinoamérica tenemos muchas otras palabras para ése mismo recinto, el cual en los Estados Unidos de Norteamérica es inexistente.
En Santo Domingo, la densidad de colmados me atrevería a decir que es de aproximadamente más de 10 colmados/km2 o casi un colmado por manzana.
Pasar de una vida tan colmadera a una donde no existen, es algo difícil.
Hace un tiempo comentaba que una de las cosas que más me hacía falta de República Dominicana era la comida, empezando por la yautía.
La siguiente imagen representa mi desayuno favorito, el cual tiene algunas otras variantes (con queso, con otro tipo de huevos, etc.):
Llevo días pensando en hacer una lista de las cosas que más me hacen falta de vivir en República Dominicana, así como de las cosas que menos me hacen falta.
El problema es que esa lista es muy dinámica: cambia casi todos los días. Algunos días me despierto pensando que lo único que quiero de desayuno es un puré de Yautía con revoltillo de huevos y queso. En otros momentos, cuando me voy caminando a la oficina, mientras me paseo entre los árboles gigantes, recuerdo el tan distinto nivel de estrés que llevo aquí.
Así que lo que voy a hacer es presentar las listas para el día de hoy. Cambiarán mañana, y el día después, pero por lo menos queda plasmada la idea general.
Vale aclarar que estas son las cosas que más y menos me hacen falta de mi vida en Santo Domingo. Es decir, esto es una lista personal que no debe generalizarse.
Las cosas que más me hacen falta de República Dominicana:
- Mi gente (Laura, mi familia y amigos)
- La gente (el dominicano en general)
- El mar cerca (la hermosa y sagrada Isla en general)
- La comida (empezando por la yautía y otros víveres)
- La continua celebración de estar vivo, o en otras palabras el extraño regocijo que trae reconocer a la muerte como una amiga cercana.
Las cosas que menos me hacen falta de República Dominicana:
- El estrés
- La corrupción y el clientelismo político sin límites, infiltrados en todos los aspectos de la vidad diaria
- El pésimo y carísimo servicio eléctrico
- El típico conductor dominicano rompiendo todas las reglas (el tráfico en general)
- Las leyes de la selva y el abuso del poder con descaro
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Esta es la etiqueta con las instrucciones para lavar una manta. Ayer cuando alguien me la presentó no pude contenerme la risa y le tomé una foto para ponerla acá.
La traducción de la primera oración está genial: “El lugar Limpia Sólo.”
Creo que nací zurdo de autor.
Hace unos meses asistí a un concierto de jazz que ofrecía la escuela de música de la universidad. Hubo dos piezas que me gustaron mucho y filmé unos minutos de cada una con mi cámara. Al llegar a la casa emocionado por lo buena que habían sido las interpretaciones, lleno de ganas de compartir el sentimiento con el mundo, subí los vídeos a YouTube y los dejé ahí.
El sábado recibí un correo de parte del departamento diciéndome que habían encontrado el vídeo que yo había puesto en YouTube y señalándome las implicaciones que tenía el asunto en materia legal. Pedían que removiera el vídeo inmediatamente y le entregara a ellos la copia original… Ya se imaginan el lío.
Sin pensarlo dos veces quité el vídeo, llamé a quien me había contactado, le dejé un mensaje de voz, escribí un correo, quemé un CD con el vídeo, puse una cita para encontrarme entregarlo, etc.
Al final, todo se calmó pues resulta que quien me recibió fue un señor italiano y después de dos otres oraciones intercambiadas empezando por explicarle que fue con el corazón y no con la cabeza que subí el vídeo, nos reconocimos el humor latino, hablamos de música, de Agustín Barrios, de Santo Domingo y de Gabriela Mistral.
Pero después de todo eso, me pasé el día discutiendo el tema con amigos y conmigo mismo. Todavía me quedan algunas preguntas:
- ¿Tengo que borrar de este blog todas las fotografías donde aparezcan los rostros de personas de quienes no tengo autorización para su publicación?
- ¿Además de andar con mi cámara, tengo que tener a mano un formulario para entregarle a cada quién que fotografíe, incluyendo a los hitos geográficos?
- ¿Qué hacen los noticieros y los demás medios de comunicación? ¿Acaso asumen que todo el mundo quiere ser publicado?
En realidad son muchas preguntas, y las más importantes siempre terminan apuntando a la predicción de si en el mañana habrá más control sobre los derechos de autor, o si seremos más socialistas al final, algo así como lo que propone la Open Source Community.
Después de estar casi un mes de vuelta en Santo Domingo, empiezo a entender cuáles son las cosas que me hacen falta mientras estoy fuera. Creo que la lista es corta pero interesante:
- Los abrazos. El norteamericano casi no abraza, se limita a decir “Hi” y extiende la mano (como mucho). Aquí el abrazo es un refugio necesario incluso en los días más calurosos.
- La cercanía de la muerte. En los países “desarrollados”, la idea de futuro es bastante cierta, y uno se acostumbra a vivir con una seguridad tal que le permite proponer actividades con seis meses de anticipación, temiéndole a nada. Sin embargo, aquí en el tercer mundo, a diario se nos presenta una oportunidad para morir (y utilizo la palabra para incluir también otras desventuras: semáforos dañados, altos voltajes, motoristas, hambre, asaltos, etc). En realidad me hacía mucha falta esa sensación de incertidumbre que luego desencadena una alegría constante por estar vivo.
- El mar. El mar es importantísimo, no sé cómo logra su efecto, pero realmente todo el que vivie en la costa comparte un sentimiento similar, sobretodo entre nosotros los latinos.
- Los habituales trayectos. El trayecto mi casa a casa de Laura, por ejemplo, que atraviesa buena parte del malecón, es un recorrido que me alegra mucho ahora que lo transito nuevamente: