Me gusta salir a la calle y encontrarme con la brisa suave sin tener que esconderme bajo abrigos. Me gusta el principio de la primavera: ese retoño asustado que todavía no se decide a ser flores y verde y color. Me gustan, sobretodo, los muslos largos y las faldas cortas que salen junto con el Sol en estos días. Me gusta el contraste que permite la blanca memoria de un invierno sin fin. El Caribe me enseñó la playa, y el eterno verano. Muy pocos aquí saben de ese estado mental que es la playa. Un dejarse llevar, un ir y venir constante. Tal vez por eso nadie entienda cómo, y con qué fuerza, esta brisa de hoy y esta brevedad de piernas, me traigan tan violentamente a las olas, al olor a caña del ron en un vaso corto, en la mano, mirando allá al azul horizonte.
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