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El sueño, cerca de las 3:00am:
Serían las seis o siete de la tarde y conducía mi carro entre callejones de uno de los tantos barrios pobres de aquella ciudad. Era probablemente Santo Domingo, tal vez por lo de que fueran las 7pm y todavía pudiera llamarse tarde, pero también por la gente que vivía en el barrio, y por ese niño barrigón que caminaba cerca de nuestro carro. De pronto, sentí cómo el guía se esforzaba en mantener el carro girando hacia la derecha y en seguida me di cuenta de que se había pinchado la goma (llanta) delantera de la izquierda. Me apeé del carro y comencé a empujarlo para ver si llegaba hasta la próxima bomba (estación de gasolina). El niño, entusiasmado, me decía que eso no era problema, que el me arreglaba la goma fácilmente. Yo le decía que no, que no había necesidad, que yo llevaba el carro hasta la bomba y resolvía. Él insistía en que podía resolver más fácilmente, tratando de ganarse el dinero de la jornada. Para alimentar su barriga descalza y pagar las cervezas de sus padres, pensaba yo. En fin, no le di el chance, y seguí empujando.
La llamada que me despierta, unas cuantas horas después:
- Aló
- ¡Laura! ¿Qué pasa?
- Mario, la goma del carro se explotó. Está parqueado en el parqueo del banco de la esquina. Encontré a una amiga que iba de camino al trabajo y se ofreció a llevarme.
- No te preocupes, yo resuelvo.
Al parecer iba a tener que continuar empujando el carro hasta llegar a la bomba, más allá del sueño. Ya no habría un niño barrigón persiguiéndome, tampoco habría más de la pobreza de aquel barrio. Pero me quedaban todavía las dudas de qué habría acontecido si hubiera aceptado la oferta de aquel muchacho.
Una sóla cosa era cierta. La goma que tendría que cambiar sería la delantera, izquierda.
Afuera estaban el frío y la nieve. Me puse mis guantes y un abrigo. Salí a la calle.
Siempre me ha costado trabajo creer en los paisajes de ultramar. Para mí todo el universo termina allí donde termina mi isla. Y digo mi isla, porque es el trozo de tierra al que le he logrado conocer los límites, o lo que es igual, las costas.
Desde pequeño, dudé de la existencia del tío Alberto, que vivía en Nagua; así mismo me cuestioné la existencia de Nagua, el pueblo. ¿Qué era eso? ¿Por qué no lo veía yo desde aquí? ¿Cómo es que uno puede creer en algo que está tan lejos? Pero el tío Alberto era lo menos, ojalá hubiese encontrado a alguien que me explicara la existencia de un tal Polo Norte donde vive Papá Noel. Continúe leyendo…
