cuentos

Me pasé más de una hora buscando un tema para la entrada de hoy, hojeando cuadernos viejos, escuchando grabaciones de hace años, y todo aquello. Al final no encontré nada que me inspirara, así que comparto con ustedes este cuento corto que escribí hace nueve años:

Falda. El semáforo marca verde y él presiona el pie sobre el acelerador. Mueve los dedos sobre los distintos botones del radio del auto, como queriendo escapar del terrible silencio que acompaña a un conductor en la madrugada. Falda, tez soleada.

Decenas de letreros y avisos controlaban su lento descenso hacia el sueño. En la boca el sabor a mujer; en las manos los dedos ansiosos. Con frecuencia pensaba en accidentes y hoy lo pensó bastante, quizá demasiado. Falda, ojos de otoño. Se preguntaba si influye el pensamiento en aquella cosa tan viscosa como los autos, las calles, los edificios, la noche. ¿Influiría?

Entonces se le acercó el pensamiento a las narices y una ráfaga de choques imaginados lo atravesó. “Tan jodida y monótona la vida. Siempre es igual: estos ojos que quieren descanso, las manos que piden carne y los carros guiados por fantasmas que jamás volveré a ver”.

Pero su cama estaba muy cerca ya. Ahora veía la intersección final: luces direccionales.

Falda, labios frescos, pelo ecuánime, manos en el volante, pies que conducen a casa. Intersección: luz direccional, motociclista privado de luz delantera; a c c i d e n t e.

Él se estaciona buscando proporcionar ayuda. Todo está bien, el motociclista andaba sin encender su farol, claro: declarado indeseable. Ella se estaciona, él la mira. Falda, tez soleada, labios que piden cama, ojos que guiados por fantasmas, pelo que pide otoño… Voz de él que le dice a ella: ¿Necesitas algo?

Monotonía rota.

La quiero.

Septiembre/2001

{ 0 comentarios }

El sueño, cerca de las 3:00am:

Serían las seis o siete de la tarde y conducía mi carro entre callejones de uno de los tantos barrios pobres de aquella ciudad. Era probablemente Santo Domingo, tal vez por lo de que fueran las 7pm y todavía pudiera llamarse tarde, pero también por la gente que vivía en el barrio, y por ese niño barrigón que caminaba cerca de nuestro carro. De pronto, sentí cómo el guía se esforzaba en mantener el carro girando hacia la derecha y en seguida me di cuenta de que se había pinchado la goma (llanta) delantera de la izquierda. Me apeé del carro y comencé a empujarlo para ver si llegaba hasta la próxima bomba (estación de gasolina). El niño, entusiasmado, me decía que eso no era problema, que el me arreglaba la goma fácilmente. Yo le decía que no, que no había necesidad, que yo llevaba el carro hasta la bomba y resolvía. Él insistía en que podía resolver más fácilmente, tratando de ganarse el dinero de la jornada. Para alimentar su barriga descalza y pagar las cervezas de sus padres, pensaba yo. En fin, no le di el chance, y seguí empujando.

La llamada que me despierta, unas cuantas horas después:

- Aló
- ¡Laura! ¿Qué pasa?
- Mario, la goma del carro se explotó. Está parqueado en el parqueo del banco de la esquina. Encontré a una amiga que iba de camino al trabajo y se ofreció a llevarme.
- No te preocupes, yo resuelvo.

Al parecer iba a tener que continuar empujando el carro hasta llegar a la bomba, más allá del sueño. Ya no habría un niño barrigón persiguiéndome, tampoco habría más de la pobreza de aquel barrio. Pero me quedaban todavía las dudas de qué habría acontecido si hubiera aceptado la oferta de aquel muchacho.

Una sóla cosa era cierta. La goma que tendría que cambiar sería la delantera, izquierda.

Afuera estaban el frío y la nieve. Me puse mis guantes y un abrigo. Salí a la calle.

{ 3 comentarios }

Límites

Siempre me ha costado trabajo creer en los paisajes de ultramar. Para mí todo el universo termina allí donde termina mi isla. Y digo mi isla, porque es el trozo de tierra al que le he logrado conocer los límites, o lo que es igual, las costas.

Desde pequeño, dudé de la existencia del tío Alberto, que vivía en Nagua; así mismo me cuestioné la existencia de Nagua, el pueblo. ¿Qué era eso? ¿Por qué no lo veía yo desde aquí? ¿Cómo es que uno puede creer en algo que está tan lejos? Pero el tío Alberto era lo menos, ojalá hubiese encontrado a alguien que me explicara la existencia de un tal Polo Norte donde vive Papá Noel. [click to continue…]

{ 8 comentarios }

Last revised on 2009/12/22