Me pasé más de una hora buscando un tema para la entrada de hoy, hojeando cuadernos viejos, escuchando grabaciones de hace años, y todo aquello. Al final no encontré nada que me inspirara, así que comparto con ustedes este cuento corto que escribí hace nueve años:
Falda. El semáforo marca verde y él presiona el pie sobre el acelerador. Mueve los dedos sobre los distintos botones del radio del auto, como queriendo escapar del terrible silencio que acompaña a un conductor en la madrugada. Falda, tez soleada.
Decenas de letreros y avisos controlaban su lento descenso hacia el sueño. En la boca el sabor a mujer; en las manos los dedos ansiosos. Con frecuencia pensaba en accidentes y hoy lo pensó bastante, quizá demasiado. Falda, ojos de otoño. Se preguntaba si influye el pensamiento en aquella cosa tan viscosa como los autos, las calles, los edificios, la noche. ¿Influiría?
Entonces se le acercó el pensamiento a las narices y una ráfaga de choques imaginados lo atravesó. “Tan jodida y monótona la vida. Siempre es igual: estos ojos que quieren descanso, las manos que piden carne y los carros guiados por fantasmas que jamás volveré a ver”.
Pero su cama estaba muy cerca ya. Ahora veía la intersección final: luces direccionales.
Falda, labios frescos, pelo ecuánime, manos en el volante, pies que conducen a casa. Intersección: luz direccional, motociclista privado de luz delantera; a c c i d e n t e.
Él se estaciona buscando proporcionar ayuda. Todo está bien, el motociclista andaba sin encender su farol, claro: declarado indeseable. Ella se estaciona, él la mira. Falda, tez soleada, labios que piden cama, ojos que guiados por fantasmas, pelo que pide otoño… Voz de él que le dice a ella: ¿Necesitas algo?
Monotonía rota.
La quiero.
Septiembre/2001
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