Tomé un taxi desde el hotel hasta el aeropuerto. El portero se hizo cargo de mi equipaje (una maleta de mano) y en vez de buscar un taxi regular, llamó a uno de los que operan el servicio de limosina que estaba esperando ahí en el parqueo del hotel: un amigo con el que probablemente comparte parte de las ganancias (una tarifa fija).
Todo pasó tan rápido que cuando pensé en darle propina al portero, ya era muy tarde y mi “Thank you sir” fue respondido con una mirada fija sin expresión. Le daré una propina al taxista para que así la compartan, pensé en el momento. A dónde viaja, señor, cuál aerolínea. La conversación atravesó esos temas universales como el clima, la ciudad de Boston, y unas cuantas preguntas muy específicas sobre personalidades políticas que traté de responder y evadir al mismo tiempo intentando no revelar mi completa ignorancia en esos temas.
Había pagado $33 dólares en el viaje desde el aeropuerto hasta el hotel, así que esperaba que este viaje sería, mínimo, $40, simplemente por la manera en la que andaba vestido el conductor, y el color negro del carro. Estaba dispuesto a pagar hasta $50, con todo y la propina.
Al llegar, mientras el conductor sacaba mi maleta, pregunté cuánto era y me respondió que $20. Excelente, pensé. Saqué mi billetera y le entregué lo que pensé eran $40 dólares diciéndole que se quedara con la propina (una propina enorme, lo sé). Y si la historia terminara ahí, todo andaría bien. Después de todo, estaba dispuesto a pagar hasta $50. Pero casi de inmediato me percaté de que en vez de dos billetes de $20, le había entregado uno de $50 y uno de $20. ¿Y ahora? Había pagado $30 más de lo que consideraba mi máximo, y $50 más de lo que costó el servicio.
En este punto se habrán dado cuenta de que estoy compartiendo la historia para recibir un poco de consolación de parte de ustedes, o al menos para que sirva de catarsis y calme mis emociones. Pero quiero compartir los pensamientos que tuve en minutos que siguieron, mientras caminaba hasta la puerta de embarque.
Primero, pensé que con ese error había ayudado a una persona directamente. Es decir, ese dinero no se fue por el retrete o se diluyó en el limbo de una multinacional. Después, pensé en otras formas en las que he gastado $50 de maneras mucho menos efectivas: mensualidades de un gimnasio que por meses no he usado, compras por internet hechas impulsivamente, sin antes buscar otros proveedores, y … bueno, pensé que había muchas más pero ahora que escribo creo que la mayoría de los ejemplos que tenía en mente eran variaciones de estos dos temas.
El caso es que utilicé $50 sin haberlo decidido conscientemente, que el valor del dinero es relativo y que quiero compartir esto con ustedes para sentirme mejor. Ahora tengo que abordar el avión. Respondo desde Pittsburgh, luego.