Esta mañana recibí noticias sobre una triste muerte inesperada. Esas cosas dejan un eco sordo y duradero que es difícil de espantar. Tan vehemente es la sensación que no he podido empezar a escribir esta entrada sin antes hacer mención del asunto.
Entrando en tema, hoy, para la segunda noche de este experimento de quince, simplemente quiero describir un hallazgo que me encuentro curioso. Desde que llegué a este país y empecé a hablar en inglés, me he dado cuenta de que el nuevo idioma es mucho más que un nuevo vocabulario y una nueva manera de contraer los músculos de la cara y de la boca. El nuevo idioma es más que una nueva gramática y otros fonemas. El inglés, y supongo que también sucederá con cualquier otro idioma, requiere de una personalidad ligeramente distinta. No es el mismo Mario que habla español quien pronuncia las palabras en inglés. No. Es otro.
Me explico. Como me parece que esto aplica a otros idiomas, voy a poner un ejemplo en Portugués.
Mi asesor de tesis, Lucio, es brasileño. En varias ocasiones, y cada vez más, no nos comunicamos en inglés. Él habla portugués y yo español. Su asesor era dominicano y sólo le hablaba español por lo que ya está bien entrenado para entenderme. Yo, habiendo estado siempre interesado en aprender portugués, me esforcé los primeros años en entenderlo (a él y a otros brasileños) y aprendí lo suficiente para una conversación de una vía (no lo hablo). Así que las conversaciones entre nosotros muchas veces son en Español/Portugués, y otras completamente en Inglés. Hace unos días me percaté de una cosa: el asesor que habla inglés y el que habla portugués son dos personas ligeramente distintas. El idioma, al parecer, trae consigo toda una manera de pensar y de ver las cosas. Por ejemplo, cuando Lucio se despide en portugués, nos damos abrazos, nos repetimos lo bien que va a salir todo y nos reímos más. Cuando las conversaciones son en inglés muchas veces no hay despedidas, y cuando las hay, son cortas y sin mucho afecto.
Supongo que esto tiene que ver con las ideas expuestas en un artículo que compartí hace unas semanas: “Does Your Language Shape How You Think?“. ¿Qué piensan ustedes?
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