(Bien pudo ser en prosa, pero las pausas son más dulces en verso)
en aquella galería de Lawrenceville
hay un cuadro
blanco sobre tela
líneas verdes sobre blanco
ramas, tal vez
quizá sólo emociones
blanco, verde,
trazos de paz
dulce esperanza
líneas verdes sobre blanco
estoy seguro de que la artista
habiendo servido de simple médium
no tiene idea de lo que ocurre
de este misterio de cuadro y sábados
de cuábrados
de vez en cuando (y cuando el día lo pide)
recorremos la calle de la galería
entrando en cada tienda
seguros de que allá al final
estará aquél cuadro
primero visitamos la pizzeria
después las tiendas de diseño
más adelante el necesario café
y al final, como siempre, el cuadro
pero,
y aquí es donde llega el misterio,
antes de entrar en la galería
el corazón se me encoje
y sé,
como se sabe siempre en esas ocasiones,
que el encuentro
no será igual que el anterior
que el cuadro,
más que un simple lienzo,
es una manifestación viva,
algo así como una ventana
un niño
un espejo
frente al cuadro, ayer,
fueron las tristezas
la llanura
el espantoso silencio de de la derrota
había una mano tendida en el vacío
entre el cuadro y yo
pero el silencio era tan fuerte
y las puertas tan frías
hace meses, sin embargo,
fueron las furiosas olas
la irreverente sal del mañana
sin permiso
sin excusas
el cuadro, en aquel momento
era como lo que se necesita
para empezar un largo viaje:
el fuego, una mujer o una promesa
verde sobre blanco
no tiene idea de lo que ocurre
blanco sobre verde
una ventana, un niño, un espejo
la tarde que se acerca a mi oído
para susurrarme historias