Estoy de regreso. Pittsburgh me recibe de invierno, aunque todavía no viste de blanco.
Llegamos el domingo en la madrugada, después de dos vuelos con un ligero retraso. Trajimos ron, casabe, dulce de cajuil, chocolates Crachi Crachi y Rocky Kid, pilones, Cerelac de trigo, etc.
Además vino con nosotros una larga colección de buenos recuerdos de la playa, las amistades, la familia, el paraíso.
Cada regreso a la Isla es distinto. El tiempo fuera sirve de lente y filtro, realzando y aclarando distintos aspectos de la vida dominicana. Esta vez estuve casi doce meses fuera, y el sabor que me queda al regresar es dulce, pero a la vez triste como el buen ron y los cañaverales.
Hablemos primero, de manera breve, sobre la Isla, la Ciudad y el Pueblo.
La Isla es un paraíso muy, pero muy mal administrado; pero no por eso deja de ser un paraíso.
Santo Domingo, una ciudad que niega al mar, en todos los sentidos.
El pueblo dominicano continúa un peligroso descenso hacia la individualización, volviendo lentamente la espalda al potencial como pueblo.
Ahora, hablemos del sabor dulce: la gente, sobretodo los descendientes directos de La Isla. Desde los Taínos, los hijos de esta tierra han tenido siempre el corazón grande y los brazos abiertos. La Isla está llena, todavía, de esta gente; aunque la mala administración del paraíso ha curzado muchos brazos y ha transformado en piedra muchos de esos corazones.
Así, de manera breve, hablaré hoy de la Isla y nuestras vacaciones.
Después vendrán las fotos, las anécdotas y las notas.
¡Feliz año nuevo para todos!
Last revised on 2009/12/22