La gente,
incluyéndome en ocasiones,
dice que vivo en Pittsburgh.
A mí me gusta decir, mejor,
que vivo en un pedazo de tierra,
rodeado de ríos.
Me gusta más decir
que vivo en esa confluencia,
y acentuar la geografía,
el agua, la flora, la fauna.
Una especie de isla triangular
de relieve irregular
sembrada de cedros
y ardillas
y parques
y el río en los extremos,
siempre cerca,
con nombre de voz indígena
(pareciera).
Me gusta decir
que vivo en el continente americano,
en esa frase sin patente,
que todavía conserva
la sicnera y humilde senscaión
de que nos pertenece a todos.
No la maltratada y abusada palabra América
a la que unos cuantos le han puesto bandera.
Mi amor hacia este lugar
tiene poco que ver con países,
razas, insignias y color.
Me gusta, por ejemplo,
el olor del aire en las mañanas,
las hojas del otoño en el suelo
y los innumerables trechos perdidos
dentro del parque Schenley.
La gente dice que vivo en Pittsburgh,
yo prefiero decir
que vivo en las aceras estrujadas,
en las grietas,
en el mercado los sábados,
en el asiento trasero del autobús,
en el silencio de los callejones.
Por eso,
cuando vengan a buscarme,
no me busquen en ese tal Pittsburgh,
no en los Estados Unidos,
ni siquiera en América.
Búsquenme donde el ego no ha reclamado,
donde mi mano espera siempre una otra,
donde cabemos todos.
Allí bajo la sombra de ese triste tronco
en ese triste parque,
ajeno a nombres y etiquetas,
descansando del bullicio de las posesiones
y las banderas.Last revised on 2009/12/03