Martes, septiembre 4, 2007

Hay una parte de mí que detesta las líneas en las aceras, en especial cuando están espaciadas no conforme a las dimensiones de mis pasos.

Aquí en Pittsburgh, camino mucho. Ya lo he dicho anteriormente. Cada día camino hacia mi oficina, dentro de la universidad entre un edificio y otro, de vuelta a casa para el almuerzo (a veces), otra vez a la oficina, y por último a la casa en la noche. Esto es sin incluir las otras caminatas necesarias (al supermercado, a pasear, etc.).

Según Google Earth, el trayecto de casa a la oficina es de 1.5 km. Esto quiere decir que fácilmente en un día normal camino hasta 6 km.

Trayecto de la casa a la oficina (1.5 kilómetros)

Pero en realidad, no es tanto el largo trayecto lo que me molesta: caminar con poca pendiente y buena temperatura es hasta agradable. Lo realmente incómodo es tener los cortes en la acera espaciados a una distancia ligeramente menor que el tamaño de dos de mis pasos.

Continúe leyendo… (realmente se pone más interesante)
Sí… ya lo sé, es un poco enfermizo. Sólo aquél que en algún momento de su vida haya temido a pisar las rayas mientras camina, entenderá completamente lo que siento. Pero haya usted tenido esa experiencia o no, póngase en mi lugar y trate de imaginar la horrorosa situación:

Además de las líneas que ya existen, yo proyecto las que están al rededor y trato de no pisar esa proyección; los vértices de otras figuras se convierten también en puntos de origen para nuevas líneas y las grietas siempre están conjurando en mi contra. Para colmo al llegar a la casa mi fobia ha alcanzado un punto en el que se me hace difícil atravesar el pasillo hasta mi puerta mientras las puertas de los demás apartamentos parecen extender su simetría hacia la alfombra, y el piso se convierte en una verdadera jungla geométrica que hace que la entrada a mi apartamento parezca cada vez más lejana.

Antes, cuando vivía en el otro barrio, las aceras estaban viejas y prácticamente todas las juntas habían cedido dando paso a una geometría tridimensional, donde cada pedazo de acera pertenecía a un plano distinto: eso que pasa cuando las raíces rompen desde abajo, o el peso de los años termina desbaratándolo todo. En aquéllas situaciones, mi mente se contenta con ver esas anomalías y aceptarlas como regla, no como excepción. Pero cuando todo está nuevo y ese órden se impone incluso antes de que establezca el mío, toda distancia parece enorme, y una breve caminata se convierte en un juego de terror.

Por suerte tengo alfombra en la casa, y al pasar la noche, en la mañana todo resto de ese miedo se ha desvanecido, seguro a llegar nuevamente en la noche, de regreso, en esas horas cuando las sombras se unen al festín.

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Last revised on 2009/12/31