Disfruto de la idea
de quitarme los zapatos,
las medias y demás
para encontrar el barro
y la grama en mis pies.
Me llaman las sencillas conversaciones
que he olvidado son posibles
entre mi cuerpo
y el entorno.
Existe un lenguaje
que de niño comprendí,
y que he ido cubriendo
poco a poco
con los años.
Sólo me quedan vestigios
tales como:
el llamado irresistible
del lodo a mis pies
la terrible atracción que siente mi torso
por el pasto
y el delicioso magnetismo
que hay
entre mi boca y algunas hojas verdes
(el pino, por ejemplo)
Mi único consuelo es
que todavía entiendo
por qué es con ése lenguaje
con el que se alcanza a Dios.Last revised on 2009/12/03