Después de ocho meses hablando inglés prácticamente todo el día, algunas cosas empiezan a cambiar en uno. Hay muchas cosas que el inglés y el español no comparten; cosas que van más allá del mero vocabulario y la gramática.
Durante el primer mes estos eran los síntomas:
- Me dolían los buches.
- Me temblaba el labio inferior.
- Tenía que practicar algunas palabras antes de decirlas.
En los meses siguientes encontré las siguientes dificultades y sorpresas:
- Las oraciones que incluyen “did” o “did not” + un verbo son difíficles de conjugar a gran velocidad. Si estoy hablando rápido puedo cometer errores como: “I didn’t went there“.
- Empecé a adaptarme no solo la pronunciación, sino también a las maneras de construir oraciones, y las expresiones informales del día a día.
- Mi oído se desarrolló lo suficiente como para entender a una negra hablándome por teléfono. (No hay un inglés más incomprensible que ése).
Pero el colmo de los colmos es lo que me acaba de pasar hoy:
- Estaba buscando la traducción al inglés de la palabra “encofrado”. Me senté a pensar por un buen rato, hasta que la encontré: “formwork”.
Inmediátamente después, quien estaba sentado al lado mío me preguntó si sabía cómo decir esa palabra en español. Yo le respondí que “¡Claro!”, pero como fue una pregunta tan directa e inesperada, se me borró de la memoria la palabra “encofrado”.
Sí, parece mentira, pero tuve que llamar a Santo Domingo para recuperar la memoria.
Esta última anécdota me recuerda un episodio de Derren Brown que comparto aquí con ustedes:
Last revised on 2009/12/31