Después de estar casi un mes de vuelta en Santo Domingo, empiezo a entender cuáles son las cosas que me hacen falta mientras estoy fuera. Creo que la lista es corta pero interesante:
- Los abrazos. El norteamericano casi no abraza, se limita a decir “Hi” y extiende la mano (como mucho). Aquí el abrazo es un refugio necesario incluso en los días más calurosos.
- La cercanía de la muerte. En los países “desarrollados”, la idea de futuro es bastante cierta, y uno se acostumbra a vivir con una seguridad tal que le permite proponer actividades con seis meses de anticipación, temiéndole a nada. Sin embargo, aquí en el tercer mundo, a diario se nos presenta una oportunidad para morir (y utilizo la palabra para incluir también otras desventuras: semáforos dañados, altos voltajes, motoristas, hambre, asaltos, etc). En realidad me hacía mucha falta esa sensación de incertidumbre que luego desencadena una alegría constante por estar vivo.
- El mar. El mar es importantísimo, no sé cómo logra su efecto, pero realmente todo el que vivie en la costa comparte un sentimiento similar, sobretodo entre nosotros los latinos.
- Los habituales trayectos. El trayecto mi casa a casa de Laura, por ejemplo, que atraviesa buena parte del malecón, es un recorrido que me alegra mucho ahora que lo transito nuevamente:
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Mario Bergés González
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jasturlaf
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Carne
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Mario Bergés González
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Arturo
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Proyecto Madrugada