Ayer, en el peculiar ir y venir de las primeras horas de cada año, decidimos ir al cine. Era de esperar que nuestra decisión fuera muy parecida a la de muchas otras personas en el planeta, por lo que no nos sorprendió ver aquella fila con dobleces irregulares que se componía de algunas ciento y tantas personas.
¿Qué es la fila sino una decisión colectiva de organización, una guía hacia el bien común, hacia el resultado justo, distribuido?
Descubrimos, en ese transcurrir de minutos, que nos molesta, nos preocupa que en el plan de los demás no figure otra persona más que la propia. Nos mantiene en rebeldía, incapaces de pasar por alto ese gesto egoísta que sostiene y transmite de generación en generación esta sociedad, este pedazo de tierra.
Habían pasado sólo 20 minutos durante los cuales las únicas irregularidades eran una que otra intrusión de parte de nuevos asistentes a la película en nuevas filas que convergían en la misma allá en la entrada donde estaba parado el indefenso personaje que recibe las taquillas de entrada. Fue entonces cuando algún suceso extraño activó la necesidad aprendida de cada uno de los que componían la fila, de luchar por el bien propio antes que el común y la fila se convirtió en un sólo monigote de cabecillas, taquillas de ciento cincuenta pesos, ropa de marca, zapatos altos, rostros disgustados, restos de instintos alejados, codos que chocan sin preocupación, los asientos sobrevendidos, el respeto perdido desde el momento en el que se decide acudir, ahora devuélvanos el dinero, nos vamos y no volvemos, nos cuesta creer que el prójimo sea siempre uno mismo y nadie más.
Last revised on 2009/12/02